Como premio, una lata de aceitunas rellenas

Como premio, una lata de aceitunas rellenas


Aportación Sección Off. Divulgación. I Congreso de Comunicación y Periodismo Gastronómico. Gastronomía de la Escasez.

Por Laia Shamirian Pulido

Hace poco me di cuenta del encanto que tiene verte sentada a contraluz. El sol que te alumbra desde el balcón tan sólo deja entrever tu rizada y canosa melena y tus manos cosiendo laboriosamente. En cierta forma inundas todo el comedor mostrando exactamente aquello que eres, sin artificios.

Por supuesto, estás encarada hacia el televisor, no te pierdes ni una de Netflix.

Naciste en los inicios del 1955, un 29 de enero a las 12:50h, en la maternidad de Barcelona.

Te criaste a caballo entre tu barrio, Gracia, y un internado de verano que te habría gustado visitar menos de pequeña, pero al que te encantaría volver de adulta a respirar aire puro.

En más de una ocasión has mencionado momentos de tu infancia que resultarían inverosímiles para muchos de mis contemporáneos.

Un día estando a punto de abrir un bote de garbanzos cocidos para hacer hummus, me miraste y dijiste:

– Cómo recuerdo aquel día que bajé al bar a por gaseosa. En una de las mesas estaban comiendo unos garbanzos con una pinta… Al subir a casa se lo dije a tu abuela. Ella tomó dinero de su monedero, alargó la mano y me dijo: “Ten mujer, anda y baja a comprarte unos pocos”. Bajé a la calle Mariano Cubí y me compré una paperina de garbanzos cocidos. Así sin más, ni fritos, ni salteados, simples garbanzos cocidos. Como a mí me gustan.

A menudo compartes estos pequeños relatos creyendo que no tienen mucha importancia, pero a mí me permiten conocerte. Gracias a tus anécdotas, puedo imaginarte de niña, con tu apariencia un poco salvaje, tus cejas frondosas y oscuras, tomando a mano abierta los garbanzos cocidos y llevándotelos a la boca con pura satisfacción. Por supuesto, con tu mirada, por encima de la paperina, diciendo sin hablar: “En cuanto os despistéis salto al otro lado del muro”.

Y en parte, así lo hiciste.

Recuerdo también otro día. Estábamos en la cocina preparando una ensalada juntas:

– Ay, hija, nunca pienso en que tú prefieres las olivas negras. Le he echado ya las rellenas.

– Tranquila, también me gustan, pero es verdad que prefiero las negras. Aunque a ti las negras no te gustan, ¿no?

– No, no. A mí donde estén las rellenas. De hecho, aún me acuerdo muchas veces de una vez que tu tía y yo sacamos buenas notas. Tu abuela, como premio, de camino a visitar a la Tía Manolita, nos compró una lata de aceitunas rellenas. ¡Qué buenas estaban!

Esta semana cuando andaba buscando información para escribir una pieza acerca de la Gastronomía de la Escasez te enseñé un libro. Lo había tomado prestado en la biblioteca: Recetas para después de una guerra de Luis Fausto Rodríguez de Sanabria. Lo miramos por encima y te leí algunos fragmentos del año 1945. Por aquel entonces la abuela ya tenía unos treinta años.

Te quedaste pensativa y me dijiste:

– Sabes, realmente yo nunca pasé hambre. De hecho, íbamos muchas veces a comprar a una tienda en Plaza España donde tu abuelo, por ser trabajador de la maquinista, tenía descuento. Allí comprábamos chocolate e incluso foie gras. No era tapa negra no, pero tener, teníamos de todo.

No podías tener más razón. Tu historia no era una historia de escasez, de malabares con recetas a base de patatas. No era la del abuelo, que, en una Córdoba con más terrenos que generosidad, se enfrentó a más de un día sin mucho que llevarse a la boca. O la de la abuela, a quién no le faltó el plato en Galicia porque trabaja en casa de rico.

Tu historia era una historia de júbilo, de alegría, de placenteros e inesperados detalles. Tu historia tenía el sabor de una infancia que aun incluyendo algunas certezas, por encima de todo, contaba con un profundo deleite por aquello que no estaba garantizado.

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