Por Luis Enrique Pereira Brenes
Cuando pensamos en literatura culinaria nos pueden venir a la mente obras como ¨Los misterios de la taberna Kamogawa¨ de Hisashi Kashiwai, ¨Cuchara y memoria¨ de Benito Taibo, ¨Como agua para chocolate¨ de Laura Esquivel o ¨Los sabores perdidos¨ de Raquel Martos; títulos que nos llevan a concluir que hay una gran posibilidad que traten sobre cocina.
Sin embargo, la universalidad de la alimentación ha llevado a que la cocina esté estrechamente vinculada a la literatura en general. Los escritores y escritoras independientemente su género usan expresiones del comer y del beber para crear las historias, aunque los títulos en ocasiones no nos orienten mucho, como el caso que nos lleva al libro en cuestión: ¨Siempre hemos vivido en el castillo¨ de la autora estadounidense Shirley Jackson (1916 – 1965).
La obra narra el día a día de los Blackwood, una familia integrada por Mary Katherine, su hermana Constance, su tío Julián y el gato Jonas. No es ajeno que en la primera página se lea la palabra ¨cocina¨, y unas más adelante el diálogo ¨A los Blackwood siempre les ha gustado comer bien¨, precisamente porque esta novela toma elementos culinarios y los desarrolla.
En primer lugar, nos enteramos que Constance ama cocinar y considera los alimentos muy valiosos, a los cuales hay que tratarlos con respecto. Obtiene los ingredientes de su propia huerta y otros que crecen de manera silvestre en el bosque alrededor de la casa. Pensar en este personaje es saber que durante toda la lectura nos deleitamos con sus recetas, de las que cabe mencionar algunas como bizcochos al ron, tortilla de setas, dumpligs, pudin de manzana, pastel de calabaza, de ruibarbos, mousse de chocolate, salchichas caseras, cordero lechal con jalea de menta y galletas de especias.
Por su lado, Mary Katherine es la encargada de realizar las compras para surtir la despensa, va dos veces por semana al pueblo y se toma un café con leche y azúcar en la cafetería de Stella. Es una joven que lleva la alimentación al plano de la fantasía, pues siempre está soñando con su casa en la luna, por lo general en los momentos en los que se siente estresada. La luna se vuelve un espacio creativo donde ella viaja en caballos alados para traer canela y tomillo, donde se comen rosas y se usan cubiertos de oro. Además, tiende a realizar conjuros de protección alrededor del terreno para alejar intrusos, y aunque acostumbra a enterrar objetos, muchas veces usa la comida, como cuando escribe una palabra con mermelada sobre una tostada para luego comerla, o cuando pide a su hermana que le haga un pan de jengibre con forma de señor para darle el nombre del hombre que ella no soporta.
Jackson también nos recuerda un concepto importante que es el patrimonio culinario familiar, que puede manifestarse en ocasiones por medio de recetas, pero en este caso lo encontramos en elementos que forman parte del espacio donde se come, como la vajilla, manteles, mesas y comedores que la autora describe con lujo de detalle. Parte de este patrimonio lo constituye un sótano en el que se guardan mermeladas y encurtidos que todas las mujeres de la familia han elaborado, desde bisabuelas y abuelas, convirtiéndose en una suerte de museo de la memoria donde los colores de los frascos brillan con la suavidad de la luz.
Después tenemos al tío Julián, que se encuentra enfermo y le encantan los cacahuates caramelizados. Él está la mayor parte del tiempo en la cocina escribiendo, recordando y atando cabos para escribir una historia. No les quiero realizar un adelanto pues estaría arruinando la sorpresa por si algunos de ustedes desean leer este libro. Lo único que les voy a contar es que los Blackwood eran una familia más numerosa, y después de la última cena juntos los miembros disminuyeron.
Concluyo con uno de los fragmentos que más disfruté: ¨Nos tragamos el año. Nos comemos la primavera y el verano y el otoño. Estamos esperando a que crezca algo para luego comérnoslo.¨ (pág. 68).
Editorial Minúscula, S.L.
Año de publicación: original (1962) esta edición (2018).
Edición Ebook: versión en inglés disponible en Play Libros.
N° de páginas: 204
*Esta reseña fue publicada en The Foodie Studies Magazine, nº 9, 2025.
