Comer con los vecinos: Significados y prácticas de comensalidad comunitaria en épocas de escasez

Comer con los vecinos: Significados y prácticas de comensalidad comunitaria en épocas de escasez


Aportación académica para el I Congreso de Comunicación y Periodismo Gastronómicos sobre Gastronomía de la Escasez  

Pereyra Cousiño, Brenda Lilian. Universidad Nacional de Lanús (Argentina)

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Resumen

Comer en el ámbito comunitario constituye una estrategia para enfrentar el desafío del alimento, en especial en momentos de escasez generalizada. Este artículo ahonda en la práctica de la preparación y entrega de comida en forma gratuita (o a muy bajo costo) destinada a quienes carecen de los recursos para obtenerlo. Focaliza en los significados atribuidos a esta práctica. Para ello, recorre la historia de las soupkitchens en Europa y Estados Unidos, así como las ollas y comedores populares en América Latina, para luego hacer hincapié en la experiencia de los comedores populares en Argentina.

Palabras clave: comensalidad, comedores populares, soup kitchens, gastronomía de la escasez 

Summary

Eating at the community level is a strategy to meet the food challenge, especially in times of widespread scarcity. This article delves into the practice of free (or very low-cost) food preparation and delivery for those who lack the resources to obtain it. Focus on the meanings attributed to this practice. To do this, he traces the history of soupkitchens in Europe and the United States, as well as pots and soup kitchens in Latin America, and then emphasizes the experience of soup kitchens in Argentina.

Keywords: commensality, popular dining rooms, soupkitchens, gastronomy of scarcity

Introducción

A lo largo de la historia de la humanidad las comunidades han considerado una obligación moral alimentar al hambriento. Según Polanyi (Polanyi, 2007), antes de la “gran transformación” traída por el nuevo orden económico, el hambre era una cuestión comunitaria ya que el alimento era naturalmente compartido entre vecinos y familiares. Las relaciones que prevalecían en una comunidad eran las de: redistribución, reciprocidad y autarquía. En otras palabras o había un ente centralizador que redistribuía el alimento, o se generaban mecanismos de reciprocidad, o las familias producían lo que necesitaban para su sustento. El mercado era sólo una acción residual para aquellos elementos que no podían ser intercambiados fácilmente.

La noción de hambre individual es, por lo tanto,  nueva en la historia de la humanidad, y más aún en contexto abundancia. Por lo tanto, tampoco llama la atención que sea en el momento de “gran transformación” y del inicio de la “cuestión social” cuando surjan mecanismos de ayuda más estructurados para los necesitados a través de instituciones sociales. Una forma en la que se manifestaron estos mecanismos fue a través de las cocinas comunitarias, lo que en la literatura en inglés se denomina “soup kitchens” (cocinas de sopa), “community kitchens” (cocinas comunitarias) o “meal centers” (centros de comida). En América Latina la “olla popular” o el “comedor popular” han tenido también un rol importante en la historia, en especial en momentos de escasez.

En este texto buscamos comprender los mecanismos colectivos de asistencia alimentaria institucionalizados entre vecinos o dentro de una comunidad. Luego de una breve introducción sobre los significados de la comida y la comensalidad, haremos un recorrido histórico en las experiencias antes mencionadas, poniendo foco en las formas que fueron tomando y en las interpretaciones que se hicieron sobre su deseabilidad.

  1. Comensalidad en el espacio comunitario

Todos los seres vivos necesitamos alimentarnos con ciertos nutrientes a fin asegurar la supervivencia. Alimentar a sus miembros ha sido históricamente una de las principales responsabilidades de la unidad doméstica y un eje la reproducción social y cultural en torno al cual giran gran parte de las tareas de lo que se denomina “familia”.

Para el ser humano, comer trasciende lo biológico y es un acto eminentemente social. Elegimos, ordenamos, procesamos y damos sentido a los nutrientes que nuestro omnivorismo nos permite metabolizar. (Aguirre, Katz, y Bruera, 2010)

Comer implica al menos tres elementos: un comensal, una comida y una cultura (Aguirre et al., 2010). Una sustancia es comestible en la medida que puede ser metabolizada por el organismo humano. Esa sustancia comestible se transforma en comida sólo cuando es designada como tal por un grupo humano en un tiempo y un lugar determinados. Sin esta referencia, algo puede ser comestible sin ser comida, debido a que no se considera apropiada ni deseable. Por lo tanto, no existe comida si no hay un comensal que la considere como tal.

La comida no pude ser desligada ni del comensal ni de la forma de ser consumida. Las formas sociales no sólo marcan qué se come, sino la forma en que se lo hace, el orden de los alimentos y la mesa en la cual se comparten.

Dentro de las múltiples facetas de la alimentación, los rituales de comensalidad en tanto que rituales de interacción cubre toda la amplia área de los ritos interpersonales, fina y eficazmente a todo lo que el sujeto en presencia de otros; se ve obligado a hacer al objeto de volverse accesible y utilizable para comunicar: códigos de educación, precedencias, reglas para la torna de contacto, etc. A través de estos ritos se instaura ante todo un respeto entre los individuos; respeto prestado y reconocido de forma que facilite el contacto y las respectivas fases situacionales. Asimismo, comprende un gran número de contextos y prácticas reiterativas con el objeto de asegurar y facilitar lazos de cohesión y la solidaridad grupal (Maury-Sintjago, 2010 p.2).

Cuando nos referimos al concepto de comensalidad, hacemos referencia a la múltiples normas sociales sobre cómo debe comerse en diferentes contextos. Se hace referencia al comer con otro con quienes deberíamos compartir ciertas normas sociales de comportamiento.

Sin embargo, también se ha utilizado el concepto de comensalidad asociado a una cuestión positiva, a comer con otros y el impacto que ello tiene sobre la vida de las personas. En ese contexto, la comensalidad familiar y lo que ocurre en la mesa empieza a ser pensado también como una cuestión que tiene impacto sobre la salud de las personas y en especial de los niños.

“El concepto de comensalidad proviene entonces de las ciencias sociales y remite al hecho de comer y beber juntos alrededor de la misma mesa. Es el espacio simbólico en el que el grupo social comparte y transmite sus valores y sentidos sociales, es decir su identidad cultural. En la comensalidad se establecen, refuerzan y reeditan en cada comida las relaciones que sostienen a la familia y a la sociedad. Desde hace algunas décadas se ha constituido en uno de los conceptos principales de la antropología alimentaria ya que permite abarcar a la alimentación en su dimensión social y cultural”(Garcia Barthe, 2014 p.2019). 

La comensalidad familiar es vista como un espacio de socialización importante de un niño y el lugar privilegiado para que este acceda al alimento. En la modernidad, en especial en ámbitos urbanos, la representación privilegiada de este acto es el de la familia nuclear comiendo alrededor de una mesa.

Sin embargo, en los últimos años, uno de los cambios en los patrones alimenticios está asociado al aumento del “comer afuera” del hogar (Burnett, 2014). Burnett, en su análisis histórico del “comer afuera”, señala que esto debería ser pensado en dos sentidos: comer por necesidad, comer por placer. En el segundo caso, se refiere a la creciente tendencia en el mundo a comer fuera del hogar por placer junto con el surgimiento de los restaurantes, cafés, casas de té, etc.  Comer por necesidad está más asociado a quienes por trabajo o por viaje no están en condiciones de comer dentro del espacio de su residencia. En el caso de los niños, quienes comen en las escuelas. 

Respecto de las categorías de Burnett, podríamos agregar que “comer por necesidad” también podría estar asociado a hacerlo en lugares de entrega en forma gratuita o bajo costo de alimentos que son destinados a quienes están imposibilitados de acceder a ellos a través del mercado. Es decir, a espacios que se generan en el ámbito comunitario, muchas veces promovidos por la sociedad civil, para enfrentar el desafío del alimento en momentos de escasez y hambre.

Resulta interesante notar que muchas de estas experiencias tienen en su nombre la sopa o la olla como el alimento prioritario de entrega. Patricia Aguirre (Aguirre, 2010) señala diferentes representaciones del cuerpo que funcionan como principio de inclusión de distinto tipos de alimentos, que se organizan a su vez en tres tipos de comensalidad. La primera es la del “cuerpo fuerte” de los hogares de menos ingresos. Para alimentar ese cuerpo fuerte se requiere de insumos que sean rendidores y que se consumen en forma de “comida de olla”. Esta comida favorece un tipo de comensalidad que trasciende a la familia y se abre también a otras personas. “Porque donde la comida es un valor de primer orden a nadie se le niega un plato de comida: todos los que llegan son bienvenidos” (Aguirre, 2010 p.111).

La sopa generalmente está asociado a la comida común (Goody, 1995). Victoria Rumble (Rumble, 2009) hace una historia de la sopa a lo largo de los años señalando su importancia como forma de preparar los alimentos, en especial para las personas más pobres. 

  1. El surgimiento de las soup kitchens en Europa y Estados Unidos

La palabra “soup kitchen” está asociada a un lugar donde se entrega alimento al hambriento. En el caso europeo y en el caso norteamericano, suele asociarse a organizaciones sociales o iglesias que entregan comida las personas que viven en la calle. 

Rumbre (Rumble, 2009) señala que el origen de las “soup kitchens” estaría dado por lo que se denominó Hiller’s Soup Shop, que consistía en una sopa muy nutritiva que se entregaba en forma gratuita a los que la necesitaban hacia 1789. Estas fueron muy populares y existieron en toda Gran Bretaña. En el marco de la revolución industrial, surge con fuerza una nueva forma de pobreza. A fines del siglo XVII, sólo en Londres se alimentaban 60.000 personas por día. 

Sin embargo, según Rumble, la entrega de comida en forma gratuita siempre fue criticada desde las diversas partes involucradas. Los que recibían el alimento se quejaban de su calidad. Por ejemplo, cita denuncias de quienes dicen haber encontrado en la comida insectos, queriendo así señalar la falta de higiene. Incluso para algunos, el término Soup Kitchen viene de la “sopa de gato” (en inglés, Soup Kitten), porque se creía que se hacía de los gatos. Por otra parte, quienes la organizaban señalaban que los que asistían no la necesitaban, o no la merecían. La evaluación moral de quienes recibían el alimento era un elemento central en la “ayuda” que se le brindaba. A su vez, los vecinos del lugar consideraban que la gente que atraía estas iniciativas era indeseable, por lo tanto, boicoteaban los espacios donde se entregaban. La opinión pública también criticaba fuertemente estos espacios. Consideraban que el hecho de regalar la comida no promocionaba el valor del esfuerzo.  Por todas estas razones, la entrega de comida en el espacio comunitario fue prohibida en Inglaterra en el Poor Law Amendment Act en 1834.

Las cocinas comunitarias resurgen fuertemente en el marco de la Primera Guerra Mundial (Burnett, 2014). En ese momento hay un marco general de escasez y control de alimentos, y a la vez crece el sentimiento de comunidad y necesidad de defenderse frente a la amenaza externa. Esto, según Burnett, estimuló diversas iniciativas de dar de comer a aquellos grupos de personas considerados más vulnerables. Estas iniciativas surgieron como autogestión, pero luego se transformaron en organizaciones más consolidadas o programas y políticas del Estado. Una de estas iniciativas fueron los restaurantes al costo organizado por “The Women´s Social and Political Unión” (la unión social y política de mujeres). Los beneficiarios de estos restaurantes eran en general niños y madres. Surgen así también los “Infant Welfare Centres” (Centros de bienestar infantil) que empiezan a recibir financiamiento del gobierno a fin de entregar alimentos y leche a niños y madres embarazadas o en el período de amamantamiento. 

Luego, el gobierno inglés asume la responsabilidad de organizar algunas Communal Kitchens (cocinas comunitarias) y luego National Kitchens (cocinas nacionales).  El justificativo a la generación de estos espacios es de índole económica: cocinar en forma colectiva disminuye los costos y, al aliviar las tareas del hogar, puede liberar a las mujeres del trabajo doméstico y dejarles más tiempo para el trabajo de la guerra. El primero de estos establecimientos abrió en mayo de 1917 y fue inaugurada por la reina de Inglaterra. Sin embargo, no fue exitoso, por la falta de asistencia. Según autores de la época citados por Burnett, “en esos días la gente no había aprendido el arte de comprar sus cenas en cocinas públicas”.

En el caso de Estados Unidos, las cocinas comunitarias surgen a fines del siglo XVIII y fueron importantes en algunos momentos históricos. Por ejemplo, después del gran fuego de Chicago en 1871 se entregó sopa para quienes perdieron su hogar. En muchos casos, estas comidas comunitarias fueron desarrolladas por organizaciones caritativas vinculadas a grupos religiosos.

Hasta el día de hoy existen soup kitchens en Estados Unidos y Europa. En general se refieren a espacios donde se ofrece alimento en forma gratuita o por debajo del precio de mercado a personas que se encuentran en situación de calle o en diversas formas de marginalidad.  En muchos casos son coordinadas y organizadas por organizaciones sociales e iglesias, que consiguen los alimentos a través de donaciones (Cress y Snow, 2000).

Al analizar estas experiencias, podemos señalar que muchas de estas cocinas comunitarias surgen como una iniciativa en momentos en los cuales hay una mayor conciencia de la masividad del hambre.  Por lo tanto, se la interpreta como una estrategia transitoria que terminará junto con la situación de crisis.  En estas ocasiones suele haber una mirada más positiva de estas iniciativas por parte del público en general.  Pero, cuando se la presenta como una estrategia permanente, aparecen mayores resistencias y se las carga con connotaciones más negativas.  

  1. La olla común y el comedor popular en América Latina

En América Latina, las “ollas popular”, también denominada “ollas comunes” han tenido una dinámica diferente. Generalmente son instancias de participación comunitaria entre vecinos que buscan resolver la necesidad básica de comer. En la mayoría de los casos, la comida la proveen los propios involucrados (cada uno aporta lo que tiene), a lo cual se le suman donaciones de quienes se sienten movilizados por dicha iniciativa. Clarisa Hardy definió las “ollas populares” como microasociaciones populares que se desarrollan para satisfacer una necesidad básica y funcional: el hambre (Hardy, 1986). 

El hambre y la imposibilidad de acceso al alimento sin lugar a dudas han estado en el centro de las motivaciones de una olla popular como instancia de organización. En los países de la región han surgido con más fuerza en momentos de crisis económica. La crisis económica de los años 30 fue un momento en el cual crecieron ollas populares en Chile, en Argentina o en otros lugares de la región. Perón, hablando de la “década infame de los años 30”, dice : “No sólo proliferaron entonces, las villa piolines, la olla popular y la miseria sin atenuantes, la represión antiobrera y el dominio, cínico y legalista a la vez de una oligarquía más ensoberbecida”(Galasso, 2005). La olla popular es, por lo tanto, entendida como una reacción frente a la escasez y está asociada no sólo a la pobreza, sino a la miseria indeseable. No tener qué comer es la forma más cruda de la pobreza. 

Sin embargo, la olla también ha tenido un fuerte significado político. Las protestas, las tomas de tierra, las huelgas han puesto a la olla popular en un lugar protagónico. En estos casos, la olla viene nuevamente a jugar el lugar de la comida abundante que siempre puede ampliarse hacia nuevos comensales, un recipiente sobre el fuego en el cual cada uno puede aportar lo que tiene para compartir. La colectivización del consumo en un espacio fuera del ámbito doméstico ha tenido implicancias políticas, visibilizando una problemática que de otra manera quedaría oculta dentro de las paredes de lo privado.

La olla popular ha estado en la historia social, y en especial en la de los movimientos sociales, como un símbolo de resistencia y solidaridad. Por su carácter, fue vista como una estrategia coyuntural y transitoria, algo a finalizar cuando la crisis fuera superada. A fines de la década de 1970 la olla popular tiende hacia la institucionalización y a transformarse en una organización social, dando lugar a lo que se denomina “comedor o cocina popular”. Las políticas neoliberales impulsadas en América Latina en la década de 1970 asociadas a las dictaduras cívico-militares, y el retorno a la democracia en la región, constituyeron un nuevo escenario en el cual surgen los comedores populares como un repertorio organizativo en el territorio. 

  El caso peruano fue significativo y mucho se escribió sobre el tema (Blondet, 1987; Blondet & Montero, 1985). A fines de los años 70 surgen comedores comunitarios en especial en Lima. Estas iniciativas populares empezaron a recibir apoyo estable tanto de organismos internacionales y organizaciones no gubernamentales como de diversos programas de gobierno. El programa más importante fue el “Vaso de Leche” creado en Lima hacia el año 1983, que organizó 100.000 mujeres en 7.500 comunidades y distribuía raciones de leche a un millón de niños en el año 1986. Otro programa, “Comedores Populares”, apoyaba comedores también con fuerte presencia femenina. Tovar (Tovar, 1986) considera que en el año 1983 hay 300 comedores y cocinas populares en la cual participan alrededor de 10.000 mujeres. Este número creció y en el año 1986 se contabilizaban 800 comedores.

Los estudios que escriben sobre este fenómeno dan diversas interpretaciones sobre las causas que lo originaron. En general, los comedores son analizados como respuestas a la crisis económica, y su surgimiento como una demostración del impacto que la crisis tiene en los sectores urbanos pobres. Los comedores son vistos como una de las estrategias de supervivencia colectivas implementadas por las mujeres ante la dificultad de poder alimentar a sus hijos. 

Sin embargo, no se ve a los comedores como algo totalmente novedoso sino como una extensión de dos formas tradicionales de comer colectivo: ollas populares (común en situaciones de protesta) y las cocinas comunitarias rurales. Los antecedentes cercanos eran las movilizaciones populares de fines de los años 70 y los asentamientos y ocupaciones de tierra de las décadas de 1950 y 1960 en las cuales las mujeres tuvieron un protagonismo importante (Blondet, 1987). Angulo (Angulo, 2011) señala que estos comedores constituyen una práctica ancestral de reciprocidad propia del ámbito rural y que se recrea en la migración hacia la ciudad en los “barrios jóvenes”. Estas iniciativas serían estrategias de auto-organización frente a la ausencia de la asistencia estatal. 

La masividad en la participación femenina en estos programas generó un cierto optimismo en el feminismo peruano e internacional, que vio en estas experiencias un germen hacia un cambio en la subordinación de la mujer (Jelin & Pereyra, 1990). Los primeros estudios focalizaban en la cantidad de mujeres involucradas, en el aprendizaje de la solidaridad, en la experiencia de prácticas democráticas, en la exposición pública de problemáticas privadas y en el potencial de creciente concientización de la opresión tradicional (Tristan, 1988). Sin embargo, estudios posteriores mostraron una cara diferente, enfatizando en las limitaciones del proceso (Barrig, 1986). Uno de los cuestionamientos tiene que ver con su limitado potencial de transformación de las condiciones de explotación de mujeres que continúan viviendo en condiciones de pobreza extrema. A su vez, se empieza a ver esta batería de ayudas que vienen desde el sector privado como una invasión. El emblemático estudio “De invasores a Invadidos” (Rodriguez, Riofrio, & Welsh, 1972) muestra de qué manera los “pueblos jóvenes” que invadieron tierras son a su vez “invadidos” por diferentes acciones de “promoción social” y “concientización” por parte de diversas organizaciones no gubernamentales.

Otro de los casos emblemáticos es el de Chile. Durante los años de la dictadura, la Iglesia Católica implementó la creación de comedores infantiles y bolsas de cesantes (desempleados) en las parroquias y contó con la participación de comedores. Hacia comienzos de 1977, funcionaban en Santiago 323 comedores infantiles (llamados “comedores populares” ya que en algunos casos incluían a todo el grupo familiar) con un total cercano a 31.000 beneficiados. A partir de esa época, los comedores tendieron a disminuir, dando paso a las ollas comunes como respuesta más participativa y organizada de los pobladores frente al hambre (Gallardo, 1987).

El surgimiento de comedores y ollas populares en el contexto de los últimos años de dictadura es visto con un cierto optimismo, propio de la época. En el caso chileno, las ollas populares fueron incorporadas a lo que se denominó “organizaciones económicas populares” junto a otros formatos organizativos como “comprando juntos”, “huertos familiares” y “talleres productivos”. El trabajo de Valdés y Weinstein (Valdés, Weinstein, & Malinarich, 1988) tuvo como objetivo mostrar que, a pesar de vivir en el contexto de una dictadura, entre un 10 y 15 % de la población urbana estaba organizada. En 1986 se habían detectado 673 organizaciones económicas populares en Santiago (Salinas 1989, citado en Jelin E. y Pereyra B. 1990) con beneficiarios que superaban los 60.000. 

Razeto (Razeto, 1986) propone tres niveles o hipótesis del significado del surgimiento de las ollas populares. Una hipótesis economicista, que las veía como una estrategia coyuntural y que vaticina que desaparecerían junto con la crisis. Una hipótesis política, que valoraba especialmente el aprendizaje democrático y sus posibles derivaciones en movimientos sociales. Y, por último, una hipótesis culturalista, que consideraba que este tipo de organizaciones eran el germen de una economía solidaria que venía a enfrentar valores individualistas y capitalistas.

Por otra parte, las ollas populares son vistas como espacios de participación y construcción de poder para las mujeres y una demostración de la importancia de la mujer en la lucha contra la dictadura. Las mujeres que participaban en organizaciones sociales más vinculadas con la subsistencia lograron también organizarse y coordinarse para ampliar sus demandas sociales a otros ámbitos (Valdés et al., 1988).

Por lo que vemos en estos casos, las interpretaciones de surgimiento de los comedores populares están vinculadas directamente con las interpretaciones sobre su significado. El optimismo con el cual se veían estas iniciativas estaba ligado directamente con el momento histórico en el cual surgieron y lo que aparentemente dicha organización significaba. Uno de los trabajos más emblemáticos en este sentido es el de Clarisa Hardy del año 1986, cuyo nombre refleja los sentimientos de ese momento “Hambre + Dignidad = Ollas populares” (Hardy, 1986).

La mirada desde una perspectiva regional estuvo básicamente ligada a estudios sobre mujer en ámbitos urbanos de pobreza y sus formas individuales y colectivas de enfrentar sus carencias cotidianas. Estos trabajos permiten generar un debate más amplio sobre las consecuencias que la crisis económica y las políticas implementadas durante la década de 1970 tienen en América Latina (Barrig, 1986; Blondet, 1987; Blondet & Montero, 1995; Tristan 1988; Tarres 1989). También, se hace referencia a las ollas y comedores populares como parte de lo que se denomina “estrategias de sobrevivencia”.  Como una manera de conceptualizar las formas en que la familia popular urbana y en especial las mujeres enfrentan el hambre, producto de las políticas implementadas durante los años 70 (Hintze 1989). En estos trabajos se empieza a tomar conciencia sobre la interrelación entre pobreza, hambre y organización. En el trabajo de Marisa Barrig de 1986 (Barrig, 1986) se señala de qué manera la pobreza fuerza la colectivización del consumo y una cierta socialización informal de las tareas del hogares realizadas por las mujeres.

  1. El comedor popular como un repertorio organizativo en Argentina

En Argentina, el surgimiento del “comedor popular” como un repertorio de organización social surge a partir de la crisis del año 1988-1989. ¿Por qué aparecen los comedores en ese momento? ¿Qué elementos permiten su surgimiento?

El primer elemento a analizar es el contexto social del momento. En mayo de 1989, en medio de una grave crisis económica y política, en el Gran Buenos Aires y en otras ciudades del país se producen saqueos, en especial a locales comerciales. La sensación es la de estar en medio de una guerra civil. (Neufeld & Cravino, 2001) En ese momento, surgen ollas populares como una contracara al caos. Según Neufeld y Cravino, las ollas populares son visualizadas como un momento de construcción, de unión de los vecinos frente a este enemigo en común.

“Aquí encontramos en primer lugar la organización de las ollas, seguida luego por los comedores, que en muchos casos le dieron un sentido de trascendencia a las vidas de los protagonistas. A su vez, “el tiempo de los saqueos y las ollas” es reconstruido como un momento de unidad barrial, donde se dejaron de lado las orientaciones políticas, las trayectorias laborales pasadas y las creencias religiosas, etc., situación similar a la vivida en los primeros meses de las tomas de tierras”(Neufeld & Cravino, 2001 p.155)

Neufeld y Cravino hacen énfasis en que ni las ollas populares ni los saqueos fueron acciones totalmente espontáneas ni aisladas. La organización social para la subsistencia era una experiencia que tenían los vecinos, en especial en aquellos barrios que eran producto de una toma de tierras. La olla fue una recuperación de ese sentimiento de unidad frente a la adversidad. Ellas también enfatizan que no es un fenómeno totalmente nuevo y que su construcción estuvo asociada también a experiencias y destrezas desarrollados en otros espacios asociativos.

Los comedores populares en Argentina se asentaron y sostuvieron a lo largo del tiempo, más allá de las crisis de fines de los años 80. A partir de esta fecha se inicia un proceso de institucionalización y consolidación del “comedor popular” como un repertorio de acción colectiva y un actor de diversas políticas públicas, en especial las de asistencia alimentaria. Pero es la crisis económica, social y política del año 2001 la que transforma el fenómeno en algo masivo en todo el país. Los comedores populares en este contexto aumentan en cantidad y resultan un recurso concreto para enfrentar nuevamente el hambre que genera la crisis económica.

En este contexto crece también la preocupación por la cuestión alimentaria y la necesidad de desarrollar acciones en ese sentido. Dicha preocupación se materializa en la declaración de la emergencia alimentaria a través de la Ley 25724. En ese marco, en 2003 se crea el Plan Nacional de Seguridad Alimentaria y Argentina se constituye en el primer país de América Latina y el Caribe en sancionar e implementar una Ley de Seguridad Alimentaria (Carrasco & Pautassi, 2015).

En los documentos oficiales del Plan Nacional de Seguridad Alimentaria se le otorga un papel importante al “comedor popular”. De hecho, la palabra “comedor” (asociándolo a “comedor popular”) aparece 62 veces en todo el documento. A su vez se le dedica un capítulo entero que busca normatizar el accionar de los espacios de entrega de comida en el ámbito comunitario.

Sin embargo, a lo largo de todo el texto se manifiesta una tensión entre el “comedor comunitario” y la comensalidad familiar. El PNSA reconoce al comedor popular como un actor, pero transitorio, ya que considera que las acciones deben ir dirigidas a recuperar la comensalidad familiar. Esta ambivalencia se manifiesta a lo largo de todos los años desde 2001 a la fecha. Por una parte, existen distintas líneas de financiamiento para apoyar la iniciativa popular en torno al alimento que supone el comedor, pero a su vez se buscan estrategias de “superarlo”.

Las críticas a estos espacios son variadas: falta de transparencia en la gestión de los recursos, utilización de la pobreza para construcciones políticas individuales, falta de calidad de los alimentos entregados, las consecuencias perversas respecto de  la vida familiar, entre otras. 

5. Conclusiones 

La acción de “comer afuera”, entendida como la comensalidad fuera del ámbito familiar o de la unidad doméstica, es interpretada de manera diferente según las razones que la motiven y el contexto en el cual se realiza. Comer afuera por placer o por necesidad parecería ser un continuo más que dos formas diferentes de comensalidad.

La primera reflexión que surge al respecto es que la entrega de comida, así como el consumo “por necesidad” en espacios destinados a “alimentar al hambriento”, han sido resignificados según el contexto en el cual se desarrollan y las personas que se benefician de la asistencia. Suelen ser más aceptados en momentos en los cuales hay una conciencia de grave crisis generalizada, allí donde la dificultad de acceder al alimento se la desvincula de prácticas individuales y se la asocia a cuestiones estructurales. A su vez, en este contexto, los ámbitos de comensalidad comunitaria son vistos como una situación pasajera que no será necesaria una vez que vuelva la normalidad. También suelen ser más aceptados cuando se los ven como una acción en un momento puntual, como puede ser una protesta o una toma de tierras. En estos contextos, también pueden ser resignificados, ya que predomina ahí la mirada política en la cual el alimento es un camino y no la meta. En casos en que los destinatarios son personas solas, sin casa o discapacitadas, dichos ámbitos  puede ser entendidos también desde una perspectiva humanitaria.

Sin embargo, la entrega permanente de comida preparada a familias y niños es generalmente visualizada como algo negativo tanto por quienes participan como por quienes la organizan. Las razones para esta mirada negativa pueden radicarse tanto en sentidos técnicos, asociados por ejemplo a la eficiencia, como en sentidos simólicos, asociados a la dignidad humana y la cultura.  Desde la perspectiva técnica se evalúan la calidad de la alimentación, el control de las cuestiones sanitarias, el uso eficiente de los recursos invertidos para enfrentar la seguridad alimentaria. Sin embargo, las críticas más fuertes están asociadas a la dignidad humana, a la utilización política de los pobre y al quiebre de la comensalidad doméstica, entre otros puntos.

La segunda reflexión acerca de la divergencia de valoraciones del fenómeno de la comensalidad comunitaria es que difiere mucho desde el lugar desde donde se lo mire y analice. La existencia de comedores u ollas es generalmente visualizada como una respuesta natural al hambre, por lo tanto, como el indicador de pobreza y marginalidad. Con lo cual, señalar la existencia de comedores u ollas populares es una excelente herramienta que puede utilizar la oposición para mostrar la ineficiencia de quien está en gobierno. La existencia de comedores populares, por lo tanto, suele plantearse como algo vergonzante para los gobernantes, a menos que lo logren asociarlo a la “pesada herencia” de la gestión anterior. 

Por lo tanto, dada la centralidad de lo alimentario en la construcción de dignidad, las miradas sobre el fenómeno suelen estar más cargadas de miradas ideológicas ligadas al lugar desde dónde se mire. ¿Qué impacto tiene para las familias comer en el espacio comunitario? ¿Qué interpretaciones hacen ellos de esta vivencia? ¿Qué impactos tiene en la construcción de solidaridad? Son preguntas que aún precisan en gran medida ser respondidas.

En momentos como el de la crisis sanitaria generada por el COVID-19 en 2020, volvió a mostrarse la fragilidad de asumir que la familia nuclear es la única responsable de conseguir los recursos y preparar los alimentos para sus miembros. Quizás sea hora de repensar estas estrategias colectivas como una nueva forma de comensalidad, de cuidado más justo y solidario. Así como también sea hora de repensar el lugar de las instancias gubernamentales en apoyar estas iniciativas en formas que preserven su autonomía pero logren sostenerlas en el tiempo. 

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