El valor de un recetario

El valor de un recetario


Por Isabel Torres Siller *

El único recetario que guarda Fina, la abuela paterna de Andrés, mi pareja, tiene más hojas en blanco que escritas, pero entre esas pocas recetas están algunas que son parte intrínseca de ella. No necesita consultar el recetario porque las ha hecho tan suyas que están bien resguardadas en su memoria, y no le falla.

Recetario Isabel Torres Siller

Este recetario se lo regaló Eva, mi cuñada, hace ya varios años, y no sólo está allí la caligrafía de Fina. Se pueden identificar al menos tres más, que serían del puño de alguna de sus hermanas o incluso de Carmen Blasco, su gran amiga. Llama la atención cómo los cuadernos que se convierten en recetarios invitan a guardar en ellos, a modo de carpeta, otras recetas escritas en otros folios, en trozos de papel, en un sobre abierto reciclado o recortadas del empaque de algún producto.

Mi mamá también guardaba las recetas que venían en el reverso de la etiqueta de la leche condensada de Nestlé. Cuánta confianza tenían las generaciones anteriores en las grandes marcas, cuánta credibilidad en su publicidad. ¡Cómo han cambiado las cosas! Y es que los formatos actualmente son completamente distintos. Ahora es muy fácil acceder a una receta, a cualquier receta y guardarla en el móvil. Pero aún así, dudo mucho que los recetarios estén destinados a desaparecer. Eso jamás.

Mama, la madre de Fina, no usaba recetas ni recetarios, no formaron parte de su vida. Había aprendido de su madre a hacer el potaje de garbanzos, a rebozar berenjenas, a preparar una tortilla de patatas o de lo que hubiera, y a hacer pasta a mano. Cuando Fina nació, en 1937 en Almuñécar, no figuraba en la realidad de la posguerra tener un recetario en casa, ni la necesidad de crearlo. Se cocinaban pocas cosas, lo que no quiere decir que no se disfrutaran ni que pasaran desapercibidas. Una ensalada de naranjas cortadas en gajos, con sal y aceite de oliva sigue siendo el mayor manjar para Fina. Y hacer pestiños en épocas navideñas significa recordar a Mama durante todo el proceso. Yo creo que el valor de una receta reside en la memoria que le precede.

Pero cuando Fina llegó a Palma de Mallorca, acompañada de su hermana y su madre, eventualmente fue aprendiendo y acogiendo recetas de la isla. La señora con la que trabajaba le enseñó a hacer una salsa de tomate básica que con el tiempo fue perfeccionando. Las sopas mallorquinas o el tumbet forman parte de su propio acervo culinario. Los cocarois y las panades que se vienen preparando en todos los forns de la isla desde hace días para celebrar la Pascua también han pasado por sus manos. La primera receta de la sección de postres del recetario es la de crespells, las galletas mallorquinas con forma de flor que se elaboran en Semana Santa, y está escrita por otra persona, y a un lado de las cantidades originales pone Fina con su letra el equivalente de los mililitros en “1 vasito de jerez”. Es fascinante cómo en los detalles se puede plasmar una cultura entera.

La mayoría de las recetas no tienen procedimiento, sólo los ingredientes y en muchas de ellas no incluye cantidades ni medidas. Está la coca de trampó, que yo ya he hecho mía, hay buñuelos, empanadas, gató de almendras, cuarto mallorquín, coca de albaricoque, pan brioche, mantecados, coquitos, bollos de San Juan, flan de mandarina, rosco de la tía María… y alguna hoja suelta con la receta de las galletas de Inca, o sea las famosas Quely que resultan tan adictivas. Y ya, no hay mucho más. Pero hay pequeños tesoros que, al menos a nivel personal, valen mucho, como la coca de trampó. Fina no ha sido de escribir. No ha escrito mucho en su vida, tampoco le ha hecho falta.

Pero para mí es importante que su gazpacho, su sopa de pescado con fideos y sus patatas fritas con huevo permanezcan para sentir a Fina siempre cerca. Al final, es una forma muy humana de aferrarnos a quienes nos han alimentado, a quienes nos han querido y apapachado. Por eso reuniré todas sus recetas, las que ella ha conservado, las que ha repetido incontables veces, las que ha hecho tan suyas, y haré con ellas un recetario. Un recetario que además atesore sus recuerdos, sus anécdotas y sus alegrías.

Tengo mucha suerte de haberme topado por la vida con Fina. Una parte de su cocina forma parte ya de la mía y eso es muy especial.

 

*Este artículo forma parte del trabajo de nuestra alumna del Master de Comunicación y Periodismo Gastronómico de The Foodie Studies para el módulo sobre Escritura de recetas y diseño de recetarios y que este año ha sido impartido por María Paz Moreno investigadora de la Universidad de Cincinnati (Ohio, Estados Unidos) y autora del libro “De la página al plato. El libro de cocina en España”, publicado por la editorial Trea.

Para más información escríbenos a info@thefoodiestudies.com

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