«Cuánto esfuerzo y cuánto sacrificio hay colocados encima de esta mesa ante la que me dispongo a comer. Y, ahora que he reflexionado un poco, qué respeto me produce hacerlo.»
Así termina el fragmento inicial de El pan que como, de Paloma Díaz-Mas, que pude encontrar en la página oficial de Anagrama. Tras terminar el primer encuentro del Máster de Comunicacion y Periodismo Gastronómico, donde se hizo parada corta en su novela, la curiosidad me llevó a confiar una vez más en los laberintos del internet para encontrar algo que saciara esa hambre. Y encontré la mesa servida. Si ya me vale para esto el máster -pensé- me doy por satisfecha. El apetito de nuevo desbordado. Algo por lo que volver a poner los dedos en movimiento. Escribir y que eso sea todo.
Pienso en esa cadena de sacrificio que menciona Díaz-Mas mientras repaso las historias de vida de mis compañeras de máster. Venezuela, Tijuana, Uruguay, Madrid, Guatemala. Todo el sabor, todo el jugo, en esos pedacitos de existencia que he podido recoger en mi memoria. Cada proyecto un universo en pequeño. Desde una novela gata gata hasta un laboratorio narrativo de una ciudad fronteriza, pasando por podcasts y un reportaje sobre las comidas callejeras del México DF de hoy mismo. Lo dicho, la mesa está servida.
Nos acompañaron en esta primera entrada Joan Didion y George Orwell con sus textos titulados «Por qué escribo» -la una inspirada en el otro-. Nos invitan a mirar hacia adentro, donde no siempre hay luz (en la oscuridad nacen los brotes más suculentos), y su pregunta rebota en ese espacio en penumbras buscando una voz sincera que conteste. ¿Por qué escribo? Como siempre que no sé responder(me) algo, busco la acción repetitiva del cuchillo cortando sobre la tabla, busco la meditación en las burbujas del caldo hirviendo, la iluminación en la lisura del chocolate caliente. ¿Por qué escribo? Todavía no lo puedo poner en palabras, pero ahí está ya naciendo el primer brote.
