Llego tarde a la clase. En las últimas semanas llego tarde a todo y esto no iba a ser la excepción. Llevo días sumergida en ollas de frijoles negros, masas gigantescas de harina P.A.N., piernas de cerdo que se asan en mi horno hasta las dos, tres, cuatro de la mañana. Y yo tarde. A todo. Menos al momento de añadir comino, orégano o sal al guiso. Menos al punto justo de voltear la arepa cuando forma esa capa crujiente para la que ha venido a este mundo.

Llego tarde y no me entero de que la clase va sobre la opinión como género periodístico. Poco importa en verdad, en breves minutos ya se me ha olvidado qué tengo en la candela. Unas pocas frases y ya estoy dentro. Enganchada como esas cerezas de las que habla Jorge Guitián, el profesor de hoy, desde la pantalla de la computadora. Este hombre dice cosas que ya viven en mi cabeza desde hace tiempo. Formas de escribir que llegan a mí sin que sea consciente. Lugares desde donde enunciar, que son como un viejo miembro de la familia. La teoría de la cesta de cerezas, eso de que agarras una y sacas varias enganchadas en racimo es un precioso déjà vu. Las cerezas como analogía de la aleatoriedad de las ideas, de la escritura. Brillante.

Escribir, como casi todo, es un acto político. Escribir sobre gastronomía puede ser la excusa perfecta para hablar de millones de otros asuntos. Tira del tallo. Ponte contento con la abundancia inesperada y la lisura rojiza de la fruta. Saborea el jugo agridulce. Y cuidadito no te ahogues con la semilla. Me quedo pillada en estos pensamientos al terminar la clase; que ha sido más bien una diatriba de alguien con quien comparto conexiones cerebrales y otras casualidades. Vuelvo a la cocina. Remuevo el melao de panela en la ollita pequeña. El líquido espeso se queda pegado al dorso de la cuchara. Debería tener el tono marrón oscuro de siempre, pero descubro un destello rubí que me hace recordar, cómo no, el color de las cerezas.